domingo, 2 de julio de 2017

Ya pasó el solsticio de verano.

 Cayeron las hojas de papel dentro de las urnas, otra vez, como caen las hojas marchitas en el invierno; cansadas. Volvieron las promesas a colorear el paisaje, otra vez. Y otra vez se las llevó el viento o el camión de la basura.


 Sigue tratándose el mantillo como un residuo urbano que hay que retirar en contenedores, sin darle la oportunidad de fertilizar el suelo, tanto en el Parque de la Paloma, como en el Parque Lineal de Palomeras, como en la inmensa mayoría de los parques urbanos. Cambian los políticos pero muchas ideas permanecen.





Con la perspectiva que da la experiencia, uno va siguiendo su camino solitario, entre fríos y calores, entre luces y sombras, recreando cada día una nueva utopía que nos ayude en el caminar. A veces cansado y otras más ilusionado.





En ocasiones hay que asomarse a alguna "ventana" que nos permita ver más allá de nuestras personales circunstancias y ampliar el horizonte desde algún alto, aunque sea desde el Alto del Arenal o el Cerro del Tío Pío.



Aunque siempre es bueno silenciar un poco la mente, y percibir la energía de la vida que nos rodea, como la de este verdecillo.




Hay quien se queja teniendolo casi todo, y quien agradece lo poco que tiene. Todo no van a ser hermosas sonrisas y sugerentes perfumes. La vida es una sucesión de claros y oscuros.




Y entre las claridades que alegran este Parque Lineal, están los abundantes riegos con agua reciclada, el funcionamiento de casi todas las fuentes y los nuevos bancos entre los árboles. Algo ha cambiado, y se agradece.


Y para quienes piensen que nada ha cambiado, vease el plano de Vallecas a comienzos del siglo pasado (Museo de Historia de Madrid).


martes, 27 de diciembre de 2016

El solsticio de invierno no es noticia.







Ha llegado el solsticio de invierno y no ha salido en las noticias. Noticia son las compras desmesuradas, las pantagruélicas comidas y las lucecitas que adornan los cogollitos urbanos.


Nadie repara en la desnudez de acacias y olmos, en la dulzona floración del níspero, en las acrobacias arbóreas de los carboneros garrapinos o en los territorios de caza de los colirrojos tizones. Nuestra mente está ocupada en otras cosas más importantes.


Poco a poco la luz vuelve a crecer entre los días más sombríos del año. Son momentos de introspección, en los que las soledades y las ausencias suelen acentuarse. Tal vez por eso tratamos de espantar los silencios con canciones y petardos, iluminamos las noches con artificios luminosos y sentimos con más fuerza la necesidad de pertenecer al clan, la tribu, la manada o el rebaño.




En las escasas zonas verdes que salpican las ciudades, la vida salvaje trata de abrirse camino sin respetar normas ni fronteras, ajena al calendario. Las lagartijas siguen cazando en diciembre, níscalos, champiñones y boletus aparecen tardíamente, varias tórtolas de collar yacen medio desplumadas por algún felis silvestris; sin ninguna consideración por su simbolismo (paz, espíritu santo, magia de chistera, ..). En nuestras civilizadas aceras de cemento la basura desborda los cubos y contenedores. Y en nuestros organismos hay una caída de defensas por los excesos celebratorios. ¡Felices Fiestas!




Los modernos Herodes del imperio, famosos por sus colosales proyectos constructivos, por su espíritu guerrero (incluida la matanza de los inocentes) y su autoritarismo; gobiernan el futuro hecho presente. Un futuro bien distinto al que imaginó aquel rebelde melenudo, vestido humildemente, que se dedicó a predicar con el ejemplo la fraternidad entre todos los hombres y mujeres de buena voluntad, compartiendo lo que tenía sin desear más que lo necesario para vivir. Se supone que en estas fechas celebramos su nacimiento, en un portal ocupado, hace 2016 años. Pero parece que lo de predicar con el ejemplo está pasado de moda, es algo vintage, que se dice ahora. De la historia de estas fechas solo han quedado unos reyes magos amantes de los chupitos y un señor gordo que les hace la competencia en el mundo del merchandising.





En la permanente imperdurabilidad de las cosas, los ciclos de vida se van sucediendo. Venus, nuestro planeta vecino, sigue brillando en la oscuridad del cielo. La luna en cuarto menguante está punto de alcanzar la luna nueva (total oscuridad). La última hoja de este año está al caer. Las borrascas siguen entrando por el Atlántico. Los bebés se hacen niños, estos evolucionan a adolescentes, luego nos creemos adultos, para terminar siendo viejos.




Pero no os preocupéis, porque un mundo de ilusiones nos está esperando. El crecimiento infinito, con la ayuda de la tecnología, nos hará felices a tod@s. La justicia social está garantizada por las constituciones democráticas. Las religiones fomentan la hermandad entre los pueblos y la ética moral entre las personas. Y cuando nuestro cuerpo biológico termine su ciclo nos espera el paraíso, si hemos sido buenos. ¡Feliz Navidad!

domingo, 25 de septiembre de 2016

Camino de una utopía cortita




Desde el pasado invierno no me asomaba por esta ventana del ciberespacio. El más pequeño de la familia de electrodomésticos con la que convivimos acapara la mayor parte de mi atención. Ese ordenador chiquitín que se ha convertido en inseparable compañero de nuestras soledades compartidas no cesa  de hacerme cucamonas digitales para recibir mimos y cuidados, que generosamente le termino dando. Siento como si ahora que estoy con su hermano mayor (el pc portátil), le estuviese desatendiendo, ahí, abandonado sobre la mesa: el móvil, inmóvil.

Mucho llovió en la primavera y las efímeras flores poblaron el paisaje, hasta que la sequía veraniega lo resecó todo, incluidas muchas ilusiones que dibujaban un horizonte de esperanza. Parece que las utopías personales, como los tomates plastificados, son productos que la industria nos facilita para que no tengamos que hacer esfuerzos. Qué maravilla esta de tener los frutos sin tener que cultivarlos.

Venciendo la ley de la comodidad, levanto mi culo y salgo a pasear, para arar mi mente en barbecho con los surcos de la respiración consciente y el silencio del paseo ermitaño entre el cielo y la tierra, por el Parque Lineal de Palomeras. Entre los rumores de los motores con sus malos humos, escucho el canto de los papamoscas en sus territorios de caza, cebándose de insectos alados. Esos mismos que hace un momento me rodeaban en modo de enjambre danzante mientras trataba de escribir a la sombra de los negundos, sentado sobre un banco de tablones de pino. Una especie de hormiga de ala se aposenta sobre mi camisa como buscando su reino, hasta que mi dedo la golpea al vacio.


Un señor mayor habla sobre la añorada jubilación de un amigo, unos jóvenes comentan la inseguridad laboral en su empresa, una niña-madre pasea con un cochecito a su hijo, al perro y al smarphone. El pito real vuela y se esconde tras los troncos de los pinos, las urracas, las torcaces, los gorriones y las lavanderas exploran la pradera regada. Más allá de las colinas, el ensanche de la ciudad ha vuelto a tener grúas en movimiento, y en el interior de los cobijos urbanos las televisiones nos inundan con entretenimientos, terribles noticias y falsas promesas que nos queremos creer.
 
Y yo sigo hipotecándome en comprar a plazos las cortas utopías del  llamado del estado del bienestar. Vacaciones, ilusiones, fiestas y posesiones, desplazan las tranquilas meditaciones, las fraternales relaciones o la observación de nuestras circunstancias vitales. Lo que decía, una utopía muy cortita.

jueves, 18 de febrero de 2016

Sanvalentines y enamoramientos.




    El enamoramiento, esa enajenación mental transitoria, suele estar representada por corazoncitos de color rosa y tener como sujeto a otro congénere al que le tratamos de imponer nuestro "amor". En mi caso, además, bajo mis defensas y trato de "enamorarme" de cada paseo que doy por el entorno circundante, aunque sea mi humilde barrio.


Los florecidos almendros tienen que aguantar los atrasados fríos. Una leve esperanza florida late a los pies de los bloques de viviendas sociales, en este barrio cargado de excepcionales personajes callejeros.




La fiesta del enamoramiento se desliza entre el consumo de regalos innecesarios y la patología posesiva de quien entiende el amor como posesión exclusiva y esclavizante.





La pequeña efigie de Miguel Hernández se alza entre las cordilleras de ladrillos, mientras una subcontratada trabajadora de la limpieza realiza su labor un tanto ajena a tanto romanticismo y poesía.





 Las caídas hojas de los plátanos de sombra han sido atrapadas por una mini laguna cementada en medio de la acera. Al otro lado de la avenida, en el Parque Lineal de Palomeras, las últimas lluvias han alegrado la existencia de los líquenes.





Entre la arboleda distingo la borrosa figura de un duendecillo deportista, y el castillo de colores bordeado de su foso de agua.





 La pareja de ánades reales presienten una adelantada primavera, y los cipreses se llenan de flores sin pétalos.





 El pequeño robledal todavía sujeta algunas hojas en sus ramas. Muy cerca ha crecido una seta (parece champiñón). Las florecillas brotan en el prado y cada cual recorre su camino. Fin del paseo.






sábado, 6 de febrero de 2016

El pequeño lujo de pasear.




Cuando hemos estado inmersos en la realización de las tareas, en la consecución de los objetivos, en la sucesión continua de actividades, parece que el tiempo ha pasado muy rápido. Cuando uno camina por que sí, por el placer de sentir y sentirse, sin una meta, recreándose en los pequeños detalles; me da la sensación de que el tiempo ha discurrido más despacio. 



Me desacomodo para salir en busca de la utopía obrera: echar la quiniela en el estanco. Inconscientemente, tal vez, busco el horizonte que se abre tras los muros de cemento. El Parque Lineal de Palomeras con sus colinas y sus lagos artificiales. Siento el viento del norte y el sol del sur.

Entre las calles percibo el aroma a “limpio” de la ropa tendida y el agrio olor de las cervezas y refrescos metabolizados en meadillas animales, pues animales somos. 


En el recorrido por el barrio me asaltan los recuerdos al pasar junto al colegio al que fueron mis hijos, la biblioteca que con tanta ilusión vi levantarse o las placitas en las que hace años compartimos reuniones. Siento a las acacias que fueron salvajemente trasplantadas desde la Plaza Vieja, en la que tenía mi recreo estudiantil y mis fiestas juveniles.



 Por el Parque de la Paloma, veo los últimos reductos de la vida salvaje en este hostil entorno metropolitano. Un negro mirlo de ojos y pico anaranjados revuelve el mantillo de hojas en busca del sustento. Las alegres cotorras se dan el pico en un retoce casi primaveral.


Una mayoría de ancianos caminan por las despobladas aceras de esta mañana de invierno vallecano. Es carnaval pero no se ven más máscaras que las cotidianas y rutinarias que nos ponemos todos los días al levantarnos. Los jubilados que soñaban con el paraíso de los trabajadores, llamado jubilación, se ven obligados a mantener a los retoños de sus retoños con su escasa pensión. 



Por el carril bicipeatonal, hacen running con bastón los más viejos, haciendo bueno el mal tiempo y vuelan los más jóvenes, pendientes de conseguir un buen tiempo de reloj.


Me siento para escribir, sobre una metálica mesa de ajedrez con bancos, en la que nadie juega al ajedrez. Al tratar de plasmar las emociones y sensaciones, vuelan como el pájaro que huye del fotógrafo. Tan solo queda la tozuda realidad de los motores entre las montañas de ladrillo y una grisácea bruma.



El crecimiento industrial nos ha permitido multiplicar exponencialmente nuestras civilizaciones, hasta agotar los recursos naturales que necesitarán las próximas generaciones. La optimización de los procesos de trabajo (antes llamada productividad), ha fabricado grandes, pequeñas y medianas bolsas de sufrimiento social; al tiempo que nos promete todo lo imaginable y nos vende una sobredosis de entretenimientos vanos.


El miedo crece en el inconsciente colectivo, al tiempo que las utopías humanistas basadas en el equilibrio natural son despreciadas por incómodas.


Aprender y trabajar ya no son sinónimo de libertad para desarrollar las capacidades personales,  sino de brutal competición por alcanzar los objetivos numéricos marcados por la Normalidad imperante.


Decididamente, he de reconocer que soy  raro, … raro, …raro.

P.D.: Esta entrada ha sido posible gracias a la inestimable ayuda de mi retoño, que ha conseguido ver el resquicio por el que acceder a mi cuenta microsoft en continua guerra con mi cuenta google. Además de raro, soy un poco megatorpe.